La presencia de la bandera en los hogares chilenos después de una catástrofe no es un gesto espontáneo ni reciente. Tiene raíces históricas y sociológicas profundamente ligadas a la forma en que Chile se ha construido como nación en un territorio marcado por la inestabilidad natural.
Desde el siglo XIX, el Estado chileno promovió los símbolos patrios —especialmente la bandera— como herramientas de cohesión nacional. En un país largo, fragmentado geográficamente y expuesto a terremotos, maremotos e incendios, la identidad nacional se volvió un elemento clave para sostener la idea de comunidad frente a la adversidad. La catástrofe, entonces, pasó a ser parte de la experiencia compartida de “ser chileno”.
Sociológicamente, la bandera cumple una función de orden simbólico. Cuando el entorno material se rompe —casas destruidas, barrios arrasados, rutinas interrumpidas—, los símbolos ayudan a restablecer sentido. Izar la bandera es una forma de reafirmar pertenencia y continuidad: el país sigue existiendo aunque el espacio físico haya colapsado.
Además, Chile ha desarrollado una cultura de la resiliencia. A lo largo del siglo XX y XXI, las catástrofes han sido narradas desde el discurso público como pruebas que el país debe “superar unido”. La bandera, presente en escuelas, actos oficiales, campañas solidarias y reconstrucciones, se convierte en el puente entre el individuo afectado y el relato colectivo de resistencia.
Desde una mirada social, este gesto también expresa una relación particular entre la ciudadanía y el Estado. En contextos donde la ayuda puede tardar o ser insuficiente, la bandera no solo representa al país institucional, sino a la comunidad nacional imaginada: vecinos, voluntarios, familias desconocidas que comparten la misma experiencia histórica.
Así, la bandera chilena en tiempos de catástrofe no es solo patriotismo. Es memoria histórica, mecanismo de contención social y afirmación identitaria. En medio del desastre, funciona como una señal clara: aunque todo cambie, la comunidad permanece.